miércoles, 7 de mayo de 2014

A la mujer cordobesa






CANTO A LA MUJER CORDOBESA
Es artista y cordobesa,
con andares de gitana;
mira como una sultana
y habla como una princesa.
¡Si la vieras a caballo!
En Córdoba la encontré
cuando en la feria de mayo
las treinta mulas compré.
Comentando la corrida
en la que Antonio Cañero
sacando la jaca herida
puso el rejón más certero
que había puesto en su vida,
estábamos Paco Gil,
Pedro, el de Puente Genil,
y el Niño Sabio, el de Lora,
en la puerta el Mercantil
tomando una de «Pastora».
¡Qué trajín! ¡Cuánta alegría,
de aquel bullir que no cesa,
en el que contribuía
la gracia y soberanía
de la mujer cordobesa!
No te puedes figurar,
tú que aquello lo conoces
de cuando fuiste a comprar
la yegua, el rumor de voces
de la calle Gondomar.
Como reguero de hormigas
las mujeres paseaban
y al pecho todas llevaban
flores en lugar de espigas.
Y entre mujeres y flores,
pasaban los domadores
por delante de nosotros,
luciendo sobre los potros
los atalajes mejores.
¡Qué de coches! ¡Qué de troncos!,
donde los caballos broncos
mostraban todo su brío,
yendo los cocheros roncos
de tanto hablar al gentío.
Entre aquella animación,
un grito de admiración
alarmó a la gente seria;
cuando por la Concepción
se vio subir de la feria
el cuerpo más soberano,
más gallardo y más serrano
que viera del sol la luz,
sobre un potro jerezano
del mejor hierro andaluz.
¡Vaya mujer con hechuras,
luciendo el traje campero
de vistosas bordaduras,
al sonar las herraduras
del caballo postinero!
Ángel que tenga su cara,
No tiene Dios en los cielos;
Pues su hermosura es tan rara,
que si un ángel la mirara,
los demás sintieran celos.
Como dos finos manojos
de claveles reventones
eran sus labios de rojos,
y eran dos vivos crespones
la luz que daban sus ojos.
Era arrogante y morena;
su pelo como la pena
que desgarra las entrañas,
y llevaba las pestañas
de la propia Macarena.
Caballo mejor domao
ni mejor atalajao
ningún andaluz lo sueña,
ni traje mejor cortao
que el que lucía su dueña.
Era de plata el herraje
del freno y del hebillaje,
como el caballo de un rey,
y de oro fino de ley
los alamares del traje.
Y era tanta su destreza
para fijar con limpieza
los andares de la jaca,
que su garbo y gentileza
sobre todo se destaca.
Pues ya ves si llevaría
el potro con gallardía,
cuando hasta el propio Cañero
tiró a su paso el sombrero
diciéndole una alegría.
Mezcla de gitana y reina,
llegó entre palmas y olés;
espuelas de oro en los pies,
y por corona y por peina
un sombrero cordobés.
Al paso de su alazán
la gente se descubría
pues todo el mundo creía
que llegó el Gran Capitán
el alma de Andalucía.
Unas vueltas dio al paseo.
El potro, con su braceo,
no cabía en la ancha calle;
al compás del manoteo,
quebraba su lindo talle,
y aquella mujer preciosa,
de hermosura tan completa,
se iba meciendo orgullosa
como en la mejor maceta
se mece la mejor rosa.
Su gracia la requebré
cuando a mi lado pasó:
lo que dije no lo sé;
lo cierto es que me miró...
y es sus ojos me enredé.
Preso quedé en su mirar,
como en el día la aurora,
y estoy tan esclavo ahora
como la perla que llora
su esclavitud en el mar.
Hablé con ella; fue mía...
Puse en ella mi alegría,
mis afanes y mis penas,
y hoy por su gusto daría
más sangre que hay en mis venas.
Sé que no me pertenece,
que no es de mi condición.
¡Pero ya no hay solución!
¡Que el hombre siempre obedece
cuando manda el corazón!


JULIAN SANCHEZ PRIETO (El pastor poeta)

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